El Dios de la Ciencia, la Teología y la Filosofía


MONOGRAFÍA DE JAIME DESPREE
El dilema en  torno a Dios no es que no se pueda percibir, sino que no se puede «identificar» aquello que podamos percibir de lo que nos parezca o imaginamos que pueda ser Dios. y que podamos decir: «¡Ahí está: ése es Dios!».

Lo que estoy tratando de argumentar es que todas las cosas, y no sólo las imágenes de Dios, se perciben de varias maneras, pues siendo una misma cosa ofrece siempre al menos tres aspectos fundamentalmente distintos pero emanantes de la misma cosa percibida, como son:

- el aspecto físico, que es la sustancia de la cosa sobre cuyo comportamiento se basa la ciencia para probar su consistencia (pero no su existencia);

- el aspecto psicológico, que proviene de la «sugestión de la imagen de las cosas», y que es la base misma de la teología y de toda religión,

- y el aspecto ideológico, que es el «formal», y que provoca la «toma de conciencia» de la cosa como idea, con entidad en sí misma (identidad), base de la filosofía y de la metafísica.

Dios no es una excepción a la hora de apercibirnos de su existencia, porque «sea lo que sea» debe apercibirse también como «sustancia», como «imagen» y como «idea».

La primera forma de percepción, es decir, la pura sensación de todo lo aparente, es la idea panteísta, común a todas las religiones, porque es evidente: Dios es «omnipresente», es decir, si Dios es el creador de todas las cosas, el mundo necesariamente debe ser Dios mismo, pues Dios está en todas las cosas y todas las cosas son de Dios. Esta es una percepción ambigua, pues no provee de una «imagen concreta» y mucho menos de una idea específica y delimitable, sino una idea de «totalidad» o totalitaria que no puede ser concebida, pues desconocemos cómo es verdaderamente el «todo al que nos referimos», donde debe de estar incluido el «mundo teológico», que no es el planeta Tierra, sino el cosmos.

Por tanto es una percepción que pudiéramos llamar «natural» o «primitiva», poco elaborada, que no es más que la constatación de la «inmensidad» del universo y la pequeñez del ser humano dentro de ese universo.

La segunda percepción ya está más elaborada, ya que proviene de una «imagen» más delimitada y concreta, pues de ese cosmos desconocido hemos extraído la imagen de un creador más humano y próximo a nuestra «imaginación» que puede presentarse incluso como un venerable anciano de barba blanca, que habita en el «cielo» y se comunica con sus criaturas precisamente con la ayuda de su «imaginación», lo que permite a Miguel Ángel hacerle un «retrato» bastante realista, echándole una mano a una de sus criaturas, y dándole de esta manera la «gracia divina» de la imaginación para poder «imaginarlo».

Pero la tercera percepción es donde el ser humano se estrella contra la falta de evidencias, pues se trata de «identificar plena y objetivamente» tanto la primera sensación como las sucesivas imágenes. Es decir, se trata de hacerse «una idea» de algo a lo que razonable y lógicamente podamos llamar Dios, y como debe reunir infinidad de atributos superlativos, no es fácil dar con ella. Todo lo que tenemos es una «idea subjetiva» que surge de la sensación de su sustancia, el cosmos, y una idea también subjetiva que surge de la imaginación de teólogos y artistas, que además difiere de una cultura a otra y de una religión a otra.

La idea del Dios que buscamos tiene que ser ecuménica, o un mismo Dios para todos. Además tiene que probarnos que es Dios y puede hacer todo lo que se supone que puede hacer Dios. La propia idea debe de mostrarnos la manera en que creó el mundo, descubrirnos sus leyes y principios, y lo que es peor, su capacidad para destruirlo de la misma manera que puede construirlo. De ahí que lo primero que se inculca en toda religión es el «temor a Dios», pues por la misma razón que creó el mundo puede también «descrearlo» o destruirlo.

Esta última reflexión limita nuestra búsqueda a una idea objetiva y probable de la existencia de Dios, desestimando las que ya son perceptibles, como es su sensación y su imagen, pues no sirven para la búsqueda de nuestra idea de Dios; un Dios concebido como idea y no sólo sentido como sustancia, o sugerido como imagen.

Para hacerlo más claro podemos recurrir a un ejemplo basado en la fruta de la discordia, la manzana.

Supongamos que nuestros primeros padres están dando su habitual paseo por el jardín del Edén y dan con el manzano. Como la ciencia estaba prohibida nuestros primogénitos no tienen «ni idea» de qué puede ser esa cosa encarnada y brillante que cuelga del árbol. Por alguna razón hemos culpado a Eva de caer en la insana curiosidad de conocerlo, pero también pudo haber sido Adán.

Desde el punto de vista que nos interesa lo primero es que Eva «pruebe la existencia de la manzana», y como ya tiene el sentido de la visión, lo primero que percibe del fruto es su «imagen». El mero hecho de ver e «imaginar» la manzana que percibe, aún sin concebirla, pues no sabe qué es, le prueba que del árbol cuelgan cosas de un color atractivo, ya que las plantas desarrollan su colorido con la única intención de que sea «apercibida su presencia y la haga deseable», y una cosa es algo sin entidad. Una vez que Eva tiene la apariencia de la manzana en su imaginación, comienza el proceso que dio origen al «pecado original», causa de nuestros males de cabeza, y lo digo sobre todo refiriéndome a este libro en concreto. También puede que Eva «tocara la manzana», con lo que no llegaría a probar su existencia, sino tan sólo su «consistencia», es decir, la «existencia de hecho» de las cosas en las que no pensamos, y entrecomillo la frase porque es totalmente incorrecta, como veremos más adelante.

Aunque en el Paraíso el hambre no existía, Eva al apercibirse de la consistencia y de la imagen de la manzana quiere saber más sobre la cosa en cuestión. Ya sabemos que el estímulo principal proviene del demonio en forma de serpiente, interesado en que Eva se apercibiera de la manzana de forma más elaborada que con la imaginación o la mera sensación; es decir, que supiera los «atributos» de la manzana y tuviera «la prueba razonable y lógica de su existencia».

Eva coge la manzana, y como por alguna razón su imagen le atrae, «cree que es una buena imagen», y por tanto que debe de ser «algo bueno» y además «positivo». Como decía, las plantas son muy imaginativas y elaboran vistosos frutos y flores con el objeto de ofrecer una «buena imagen» que las haga «fiables», «atractivas» y «deseables». De manera que ya tenemos que las imágenes son, fundamentalmente, «buenas» o «malas», con lo que deducimos que de ellas se extrae la «ética» misma, pues sin imagen de algo no podemos saber el valor de ese algo.

Si podemos imaginar a Dios, debe tener una «buena imagen», por la misma razón el demonio necesariamente debe ser representado con un «mala imagen». En este caso la «mala imagen» es la de la serpiente, razón por la cual siempre hemos creído que una serpiente es más mala y dañina que un león, porque el león tiene «mejor imagen», cuando no hay nada más esencialmente perverso que un león. Por tanto, el bien y el mal es una cuestión que proviene fundamentalmente de la imagen de las cosas que vemos o que «imaginamos que vemos»; es decir, no es algo «lógico» sino «psicológico.

Pues bien, ya tenemos que el primer paso para establecer la existencia de las cosas es su imagen, ahora viene el segundo, que es su «sustancia». Eva no sabe qué es lo que atrae su atención, pero tras tocar y olisquear al fruto, y valorar positivamente su imagen, decide probar su sabor. Lo primero que debemos hacer constar es que al «coger la manzana y sentir su consistencia» se establece la segunda forma en que se apercibe de su futura existencia, tomando contacto físico con la cosa que imagina y que «parece una buena cosa», es decir, comprobando que es una cosa sustancial porque tiene «consistencia». En principio deberíamos de establecer que no es posible la comprobación de la consistencia de las cosas por la percepción de su sustancia si previamente no nos habíamos percibido de ella por su imagen. De manera que la imagen, en los seres con sentido de la visión, necesariamente debe preceder a la sustancia misma y no hay interés por las cosas si previamente no nos atrae su «buena imagen». De manera que «sea Dios la cosa que sea, por el momento nos atrae su buena imagen».

Eva prueba la manzana y, en efecto, su valoración ha sido «positiva», pues sabe bien y puede constituir una cosa «alimenticia» y además agradable, pese a que en sus circunstancias éstas no serían sus preocupaciones inmediatas, pero el Génesis lo cuenta así y algo tendrá de cierto, ya que siguiendo este mismo método, si el autor del libro del Génesis «imagina» que debió de ser así, por «alguna razón será», y eso es lo que estamos tratando de averiguar.

Como la prueba de la sustancia es «positiva», y vuelvo a remarcar la expresión positiva porque la de «buena» habíamos dicho que se corresponde con su imagen, a su sustancia le corresponde el calificativo de «positiva» o «negativa», o también, «útil» o «inútil».

Una vez que Eva establece que la manzana se «aparece» ateniéndose a su «imagen» y que es «algo consistente» de acuerdo a su sustancia, no sólo decide provocar a Adán, inducida por la perversa serpiente, sino que se dispone a cometer el pecado que sería la causa de la expulsión de ambos del Paraíso. Ahora Eva (o tal vez fuera Adán) decide que esa cosa tenga un nombre y para ello no tiene en consideración ni la percepción de su sustancia ni de su imagen, sino que recurre a una nueva percepción de la cosa, que es la exigencia misma para encontrarle un nombre: «su impresión». No se trata de la sugestión de una imagen, ni de la sensación de una cosa, sino de la impresión de algo, pero por su «forma de ser». Por tanto, lo que acaba de hacer es descubrir su ser, y resumiendo mucho, su entidad, gracias a la cual podrá establecer su «identidad»; es decir, otorgarle un nombre. Por tanto Eva ha hecho el milagro de hacer nacer en sí misma la peculiar mente de un ser humano, con sus tres percepciones distintas: la imaginación, la sensación y la impresión. En otras palabras, !Eva ha descubierto la existencia de las cosas! «!En un principio fue el Verbo!», pues nada puede existir si no «es»; o lo que es lo mismo, si no tiene ser.

En efecto, en el Paraíso casi todas las cosas debía de tener «buena imagen» y ser «positivas», incluso las serpientes, de ahí que Eva no sintiera repulsión por ella en un primer momento, pero tienen «distintas formas», por tanto para «reconocer» la manzana la próxima vez que la vea y no sólo se aperciba de su consistencia sin más, no tiene que recordar tan sólo su imagen sino la forma particular que contiene la imagen, que es lo que la diferencia de otros frutos que tienen distinta forma. De manera que todas las cosas con esa forma deben de ser nombradas con una «voz única», que sea aquella que representa su «forma» y no su imagen o sustancia.

Así es que la voz de la cosa está relacionada única y exclusivamente con su forma y no con su imagen o sustancia, que no dice nada de la identidad de la cosa en particular. De manera que anticipándonos unas cuantas páginas, el «nombre de Dios debe de estar necesariamente relacionado con la forma de Dios», o de otro modo no podemos nombrarlo de ninguna manera y llamarle simplemente «Él», como sucede en las lenguas semíticas, de donde se deriva «Alá». Aunque más correcto sería decir «Ello», pues sin su forma tampoco tenemos su género.

Al otorgarle una voz a la forma del fruto en cuestión, lo hace «reconocible», puesto que es la voz misma por la que se «conoce a una manzana», es decir, que sin una voz particular sólo podríamos saber que se trata de una «cosa», y que es aparentemente buena y positiva por su imagen o su sustancia, pero no la «conoceríamos», y mucho menos la entenderíamos, sino que tan sólo la «percibiríamos». De manera que es en la voz misma donde está «el ser de la manzana», y no es sólo por la presencia de su imagen, sino por la existencia de una voz que representa la forma de una manzana dentro de su imagen. En esa voz está, a su vez, su entidad o «identidad».

Cuando Eva o Adán vuelvan a ver una fruta con esa misma forma, no es que descubran su presencia, que con el hecho de ver su imagen ya sería suficiente, sino la «existencia de su ser concreto y objetivo, como es una manzana», en otras palabras, que al interesarse por la «forma de la manzana» descubren «el ser de las cosas en concreto», al tiempo que descubren el Ser en sí mismo, contenido en todas las cosas que percibían, pero no concebían y, al mismo tiempo, aprenden a distinguir lo «verdadero» de lo «falso».



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